El cuento de Calíope y el vestido

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Desde mi atalaya sevillana observo, impertérrito, el lento devenir del ecosistema WordPress en general y de la comunidad WordPress España en particular. ¿De donde venimos? De b2/cafeblog. ¿A dónde vamos? Está claro, a la reinvención de la imprenta. ¿Quiénes somos? He aquí la gran pregunta. Obtener la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás, tuvo su miga. Pero esto ya es harina de otro costal.

El zoco

La Comunidad WordPress es un zoco a las diez de la mañana. Hay miles de productos: Telas, especias, alimentos, marroquinería, artesanías, etc. También hay miles de comercios, y miles de comerciantes. Y de clientes. Pero estos últimos no saben de qué va la cosa. Ni tienen por qué. Sólo les interesa buena calidad a buen precio. ¿Calidad? ¿Buen precio? Dos factores difícilmente mensurables, pero a los que solemos dotar de una serie de características que nos permiten ver la foto desde el prisma adecuado.

Lo que ocurre es que, como en todos los círculos profesionales, siempre hay profesionales y “profesionales”. Los unos saben quienes son los otros, y los otros saben quienes son los unos. Pero los clientes no los conocen. Los clientes están de turismo porque se han apuntado a una excursión organizada a Marrakech y no saben que Abdul tiene los mejores hilos y bordados, y que Hammed fabrica sus vestidos en cadena en una planta textil a las afueras. Tanto Abdul como Hammed tienen su nicho de mercado. Y eso está bien, cada uno se lleva sus dirhams a casa cada tarde, y todos tan felices.

Ahora bien, está el caso de Icham. Icham ha llegado hace poco a la ciudad, y ha visto que el mercado de la moda está en auge. Y como Icham no es tonto, ha montado su propio negocio. También se ha descargado un ebook sobre costura tradicional marroquí, y ha pedido prestada a su tía una Singer de cuarta mano que lleva décadas en la familia. Resulta que el gobierno ha decretado que las telas sean gratuitas para todo el mundo. Barato, barato, hoiga. Y al lío.

Calidad/precio

Una mañana, una viajera (llamémosle Calíope) recorre el zoco con la misma cara que Heidi en Maienfeld. Busca un bonito vestido que ponerse este verano cuando pasee por las playas de El Palmar.

La joven entra en el zoco y lo primero que se encuentra es un gran cartel que reza “Bazar Icham: Expertos en moda marroquí. Tu caftán a medida por sólo cinco mil dirhams.”. ¡Qué ofertón!, piensa. Tendré que buscar al tal Icham. Calíope sigue adelante y camina por los callejones buscando su objetivo. Al pasar por la tienda de Hammed, ve que allí hay algunos vestidos que le llaman la atención y entra a preguntar. “Estos vestidos son de diseño genérico”, le dice. Hammed le explica que, aunque son buenos vestidos y él siempre le pone un toque personal, todos salen de una fábrica que hay a las afueras. “Tenemos cuatro o cinco modelos distintos. Eso sí, podemos cambiar casi todo: los colores, los bordados, el largo de la falda, eso queda a tu elección”. El precio, diez mil dirhams. Son así de baratos porque las telas son gratis, nos las proporciona el gobierno. No está mal el trato, piensa Calíope. “Gracias, seguiré mirando”.

Un poco más adelante, nuestra protagonista pasa por la tienda de Abdul, y le pide una takchita a medida, con ribetes dorados, flecos en las mangas, bordados de flores, manga corta, falda larga y ziritione. Abdul se pasa un rato analizando las necesidades concretas de su cliente y diseñando mentalmente el nuevo vestido. Realiza un boceto con lápices de colores para enseñarle mientras calcula el tiempo que tardaría en ejecutar el diseño propuesto. La cliente está encantada, pero el precio que le exige Abdul se ha ido de madre. No se lo puede permitir. Calíope intenta regatear (le han dicho que funciona, que los precios están hinchados), pero Abdul se indigna profundamente al ver cuestionada su profesionalidad con frases como “Pero si estas telas son gratis, que me lo ha dicho Hammed, el de aquel puesto”, “pues aquel me lo deja a la mitad…”. Abdul reniega con la cabeza y, educadamente, le recomienda que busque en otro sitio. Calíope se marcha decepcionada y confundida, no entiende como un sencillo vestido, que se fabrica con telas gratuitas, puede costar cincuenta mil dirhams.

Al girar la primera esquina (y a mano derecha), se encuentra con la tienda de Icham. Luces, música, espejos, brilli-brilli por doquier. Y de nuevo, el cartel: “Expertos en moda marroquí: Tu caftán a medida por sólo cinco mil dirhams”. Mmm, algo no cuadra. No tiene ningún sentido que Abdul quisiera cobrar diez veces más por lo mismo. Seguro que me estaba estafando. Calíope entra en la tienda y pide su vestido a medida. “Sin problemas”, contesta Icham. “Déjame que te tome medidas y pásate dentro de dos horas”. Guau. A medida, barato y en dos horas. Así da gusto comprar en este zoco. Podría seguir contando todo lo que Calíope hizo aquél día en Marrakech, pero lo que realmente nos interesa pasó un tiempo después.

La playa del Palmar

La primera semana de julio, Calíope y sus amigas pillan Blablacar y se bajan a Cádiz a empezar la temporada de selfies y ligoteo. Llegan al AirBnB que han contratado y se cambian para ir a la playa. Cuando se disponen a salir por la puerta, Penélope le dice a Calíope: “Oye Cali, qué chulo ese vestido. ¿Que és, de Marrakech?”. “Si, lo compré súper barato, y mira qué molón”. “Vaya, no está mal, pero mi prima tiene uno que es igualito”. “¿En serio? Pues el tío me lo hizo a medida…” Penélope le cuenta a Calíope que en Marrakech hay algunos comerciantes de vestidos que dicen hacerlos a medida y personalizados cuando en realidad no lo son. Calíope, enfadada, le contesta que sí, que uno de los vendedores le dijo que se fabricaban en serie, pero que ella lo había comprado a medida. Entonces Penélope pregunta por el precio. Escandalizada tras la respuesta, le pregunta a Calíope si realmente ella ve factible que por la mitad de lo que cuesta un vestido fabricado en serie (el de Hammed) ella pudiera tener uno hecho a medida. Calíope, confundida, llega hasta la playa.

La playa está abarrotada, como no podría ser de otra forma, de jóvenes y jóvenas como ella, ansiosos por dorar su piel y mojar su piel también. Y Calíope se da cuenta, horrorizada, de que su vestido se ha vuelto viral. La mayoría de las chicas llevan un vestido similar. No es el mismo, cierto es. Cambian colores, algunas formas, quizás algún bordado… pero parecen iguales. Y el problema no es que parezcan iguales, el problema es que lo que Calíope compró era un vestido hecho a medida, que allí lo ponía bien clarito en el cartel.

Un par de días más tarde, el vestido dejó de ser lo que era. Las costuras no eran nada robustas y empezaron a deshacerse. Los colores perdieron el brillo, y los bordados de deshilachaban sin piedad. Mal asunto, pensó Calíope, mientras se dirigía a la playa. Una vez allí, pudo darse cuenta de que el resto de chicas que llevaban vestidos parecidos al suyo estaban en la misma situación, aunque algunas había a las que  parecía no importarle que su vestido se cayera a pedazos y otras que no estaban nada contentas. Hay gente pa’tó.

Vuelta al zoco (epílogo)

Meses más tarde, Calíope volvió a Marrakech. En esta ocasión tenía bastante más claro qué debía buscar, y sobre todo, por qué debía hacerlo. Pasó de largo por delante de la tienda de Abdul (no se podía permitir sus vestidos) y se dirigió directamente a la de Hammed, a pedirle un vestido de diseño genérico, pero tratado con cariño y con respeto. Tras finalizar su compra, Calíope le preguntó a Hammed su opinión sobre Icham, aquel timador que conoció meses atrás. Hammed, con total naturalidad, contestó: “A mi me viene bien que haya gente como Icham, porque al final los clientes se dan cuenta de que sus vestidos no valen nada. Entonces luego vienen a mi a pedirme que se los arregle, o que les haga uno nuevo, y eso es bueno para mi. Sí, son un poco más caros, pero son mejores”.


En la comunidad WordPress, mucho se ha hablado últimamente de GPLs, de lock-ins, de desarrollos a medida, de pitos y de flautas. Se critica ferozmente a unos y a otros, a developers y divilopers. Se hace sangre con los que fabrican webs por quinientos euros y a los que por menos de cuatro mil no levantan la tapa del portátil. De lo que no se oye hablar es de la ética, la meritocracia y del esfuerzo personal. No es plato de buen gusto que, tras varios años de buen trabajo, esfuerzo, formación y responsabilidad, tachen a uno de subido. Tampoco debe ser agradable toparte con divos que te miren por encima del hombro porque acabas de empezar en esto. Aprovechar el empuje de la comunidad para vender tu libro sin aportar nada a cambio es algo ruin. Aprovecharse del trabajo de los demás para venderlo como propio no sólo es ruin, es despreciable. Pero nada de esto debiera ocurrir. Al final, pagan justos por pecadores y la repercusión es siempre la misma: detrimento de nuestra profesión, la que muchos amamos.

No estaría de más hacer piña, y que la comunidad no sea sólo un sitio para comer y beber bien cuando hay Meetups o WordCamps, sino una verdadera comunidad que detecte y exponga a las ovejas negras, los Hichams, los que empequeñecen y deslegitiman nuestra labor y nuestros salarios. Los de todos. Cualquier profesional que se considere experto en algo, por definición, debe considerarse como una persona especializada o con grandes conocimientos en una materia. Cualquier otra cosa es estafa.

Querámonos un poquito más y odiémonos un poquito menos. Que hemos llegado muy lejos como para ahora desandar el camino.